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Paroxismo histérico. Andrea Jambrina
Del 10 Marzo al 5 de Abril del 2018

Este es un proyecto multidisciplinar que se articula en torno al momento del orgasmo. Se trata de un proyecto cargado de sensualidad más o menos explícita, estableciendo un recorrido a través de distintas técnicas artísticas. El título de la exposición nos remite a la pacata sociedad victoriana en la que se comenzó a hablar de la histeria como una enfermedad femenina propia de las mujeres solteras, a la que se le atribuían una larga lista de variados síntomas, de modo que las mujeres diagnosticadas con este “mal” acudían a los centros de salud para recibir una masturbación manual o mecánica que las llevara al paroxismo histérico, liberador de los males que las atenazaban.

“No es la pornografía lo que molesta a las élites, sino su democratización”
— Virginie Despentes
 

Inevitablemente pretendemos hablar de una cuestión de género cuando hablamos de sexo. Se trata de un tema tabú para la sociedad en general, un tema que se trata en la más absoluta intimidad y que parece no desbordar hacia el resto de los ámbitos de la vida, aunque estamos rodeados de sexo y sensualidad en la mayor parte de las imágenes que recibimos. Si bien es un tema que no se habla en la sociedad en general, permanece aun más oculto y oscuro para el sexo femenino en particular, que experimenta su sexualidad de un modo más artificial e idealizado si cabe. Recibimos las imágenes explícitamente sexuales con mayor violencia de la que nos transmiten las imágenes de guerra por poner un ejemplo, vivimos en un mundo que niega su propia naturaleza para encorsetarse en las estrechas vestiduras de la sociedad, vestiduras que gustamos de rasgarnos cuando estamos en público, escandalizándonos por cosas de las que no hablamos con nuestros hijos y entre tanto nos bombardean deseos publicitarios cargados con la metralla de un sexo desconocido y emponzoñado por la ocultación y el miedo, miedo al pecado, al ridículo, a la enfermedad, al embarazo, al chismorreo... miedo al fin y al cabo. Se podría decir que nuestra evolucionada sociedad occidental tiene más miedo al sexo que a las armas. No mencionaré países con pŕacticas horribles como la ablación de clítoris o las lapidaciones por adulterio, ni siquiera esos muchísimos, tantos que son mayoría, en los que el divorcio es un derecho inexistente.

En este contexto, la mujer sigue siendo el objeto de deseo tanto para el hombre como para sí misma, enredada en una maraña de convencionalismos e idealizaciones respecto a su sexualidad, que ve definida en un marco en el que a duras penas empieza a desencajar la mujer del siglo XXI  sin olvidarnos de que tan sólo estamos empezando, o más bien continuando la encomiable labor de las primeras sufraguistas, una de las cuales acuchilló el lienzo de la Vénus del espejo de Velázquez en el año 1914, con un hacha corta de carnicero. Mary Richardson dejó siete cortes en la pintura, causando daño en la zona entre los hombros de la figura, daños que se apresuraron a reparar los restauradores de la National Gallery. En una declaración que hizo al Sindicato Político y Social de Mujeres poco después, Richardson explicó: «He intentado destruir la pintura de la más bella mujer en la historia de la mitología como una protesta contra el Gobierno por destruir a la Sra. Pankhurst, quien es la persona más hermosa de la historia moderna.» Añadió en una entrevista de 1952 que a ella «no le gustaba la manera en que los visitantes masculinos la miraban boquiabiertos todo el día» 

“Cuando una mujer está haciendo el amor con un hombre, una sensación de calor en su cerebro, la cual provoca un deleite sensual, comunica el sabor de ese deleite durante el acto y llama la emisión de la semilla del hombre. Y cuando la semilla ha caído en su lugar, ese calor vehemente descendiente de su cerebro atrae la semilla a sí misma y la mantiene”
— Hildegard Von Bingen
“Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aún harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo al su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento”
— Santa Teresa de Jesús
Más info: http://www.paroxismohisterico.com/




 
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